Amo el mar cuando amanece, al atardecer, al anochecer, con gaviotas o sin ellas, con sol o sin luna.

Cuantas veces bajé a ver el mar...Sola o acompañada, con frio o con calor, en verano o en invierno.

Allí me desenfadaba, allí me tranquilizaba, allí me olvidaba de todo.

Caminaba por la orilla, jugaba con las olas, buscaba piedras o simplemente me sentaba a que su brisa me empapara. Le hablaba, le contemplaba y compartía con ella todo lo malo que sentía...Es curioso, no?  Recuerdo muy pocas veces acudir a verla estando bien. Si no era por ir con traje de baño y tomar el sol, no solía acordarme de ella.

Ella guarda tambien mi primera vez. Y creo que la segunda.

Y hoy me hace tanta falta....Y no es por nada que quiera contarle, que quiera sacar...tan solo necesitaba que me embriagara con sus vistas, sus olores.

No es siempre la misma roca, dónde me siento a contemplar, pero siempre consigo la misma paz.

Y se fascina a mi llegada, noto que cuando voy a verle me dice..

"Ya estás en casa"

Ayer me acompañó mi hijo, que no entiende muchas veces porque me desvio al ir a visitar a mi familia. No sabe aún lo que siento cuando me tumbo en la arena con ropa de domingo, no puede imaginar que si me fuera sin ir a verle, me iba a hacer falta.

Y fué maravilloso sentir el mar y ver a mi hijo como llamaba sus olas.

 

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Mirando hacia el Mar,
se retorna al orígen
de lo que somos.
 

 

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(gracias guapo)