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Cualquier mujer que tenga éxito en algo se­rá llamada cabrona. ¿Hillary Clinton? Ca­brona. ¿Gloria Steinem? Cabrona. ¿Barbra Streisand? Cabrona. La lista sigue, sigue y sigue...

El quid de la cuestión es que, si no po­demos evitarlo, ¿por qué no darle la bien­venida? Todas hemos tenido esta experien­cia: en algún momento decimos frente a otras personas lo que pensamos de verdad sobre alguna cuestión o persona. Después, en algu­na otra ocasión, alguien nos dirá: «Fulanito realmente pensó que eras una cabrona». (Si no te ha ocurrido todavía, sigue esperan­do: sucederá).

Entonces, la mayoría de nosotras se ase­gura de ser particularmente amable con el tal Fulanito durante el siguiente encuentro. In­cluso hasta podemos tomamos la molestia de demostrar que el que nos haya considerado cabronas no sólo es erróneo, sino también absolutamente injusto. O nos disculpamos dando explicaciones de todos los motivos por los que dijimos lo que dijimos. «Estaba muy estresada la última vez que nos vimos» o «Va­ya, ¡no sé lo que me pasó!». O incluso: «¿Sa­bes?, el síndrome premenstrual me afecta de verdad». En definitiva, nos retractamos.

¿Qué sucedería si respondiéramos en­viando a Fulanito un ramo de flores con una pequeña tarjeta de agradecimiento en la que pusiera: «No sabes cuánto me alegra que ha­yas reconocido a mi cabrona interior»?

¿Qué pasaría si dejáramos de temer a es­ta dichosa palabrita?

Otro punto que debe analizarse, y que requiere una breve incursión en la retórica, es el siguiente: ¿cómo llamamos a un hom­bre que habla por sí mismo, un hombre que es exigente consigo mismo y con los que lo rodean, un hombre que se comporta como lo haría cualquier cabrona que se respetara a sí misma? Triunfador.

 (ELIZABETH HILTS.  Manual de la perfecta cabrona)